Mantua en un fin de semana
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Descubriendo Mantua: 48 horas para vivir en la magnífica ciudad de los Gonzaga, patrimonio de la Unesco, con su inconfundible «skyline».
Palacio Ducal
El palacio Ducal domina sin duda el inconfundible perfil de Mantua. El gran mecenazgo de los Gonzaga atrajo a la ciudad a los principales artistas de la época, los cuales dejaron su testimonio en los muros y en el alma del lugar. Andrea Mantegna, quizás el mayor y más cortejado de esos artistas, fue llamado por Luis II para realizar, entre otras obras, un fresco que sirviera de homenaje a su dinastía. Después de nueve años, el artista reveló su obra maestra, el óculo más famoso del arte del siglo XV: la cámara de los Esposos. En plena época de las comunas medievales, Mantua se enriquece con edificios y obras que aún hoy impresionan por su belleza y perfección: el palacio de la Ragione, el palacio del Podestà, la antiquísima Rotonda di San Lorenzo y el reloj astronómico de la Torre. En septiembre, la ciudad cobra vida en el Festivaletteratura que, desde hace 20 años, acoge a escritores de todo el mundo, con cientos de lecturas en cartel repartidas por plazas, teatros y palacios.
Palacio del Té y Teatro Scientifico Bibiena
El palacio del Té, fuera de las murallas y alejado de los lugares de poder, era la villa de ocio de Federico II Gonzaga. Diseñado por Giulio Romano, el edificio se asoma a unos jardines y, con sus efectos especiales, describe los sueños, las obsesiones y los amores de un cliente de carácter volcánico. Son espectaculares las salas con frescos, como la Sala dei Giganti (Sala de los Gigantes), ya que albergan un rico calendario de exposiciones de alcance internacional. Otra excelencia de Mantua es, sin duda, el asombroso Teatro Scientifico Bibiena. Realizado por el arquitecto Antonio Galli da Bibbiena en solo dos años, de 1767 a 1769, gracias a sus frescos es una pequeña obra maestra del Barroco tardío, sede en la actualidad de conciertos y encuentros literarios, que llegó a sorprender a Mozart, padre e hijo, cuando tocaron en él pocos meses de su inauguración.
Enogastronomía
Nobles, artistas y poderosos también alimentaron, sin duda, la floreciente tradición gastronómica del lugar. Junto a los platos pobres de la cultura campesina y popular, como la «sbrisolona», una mezcla de harinas y almendras para comer con las manos, como enseña la antigua tradición, encontramos los «tortelli» de calabaza combinados con mostaza y «amaretti» de la corte de los Gonzaga, y la torta Elvezia, a base de pasta de almendras y «zabaione», ideada por los pasteleros del cantón de los Grisones, que llegaron hasta aquí a finales del siglo XVIII.